Alfa
Las naciones se desprendieron de un rito que todavía arrastra la humanidad. Nadie lo encontró (ni lo encontrará) nunca. Algunos de los que sostienen el verdadero poder acertaron en su origen, pero a ellos ya eso no les importa.
Un hombre grave vistió los remedos de chamán que encontró sobre árboles antiguos. Fueron ellos quienes rodearon la primera villa. Los seguidores de la magia, que se multiplicarán hasta el fin de los tiempos, presenciaron el acto.
El lenguaje era menos articulado, naturalmente. Los roles de cada tribu fueron asignados con los ademanes de aquel hombre: sólo él ordenó las funciones íntimas de los futuros pueblos.
Se entiende que esta arquitectura del mundo era necesaria, mas no perfecta: existen detalles grotescos que delatan sus formas:
Quienes defendieron el norte de la geografía, fueron también quienes degradaron la carne de alce, el único consuelo divino de la tundra.
Los aislados en el borde del este mueren a racimos sin realmente marcharse.
El Sur, con su magia bicolor, rebuscó a la vida en el desierto, pero postuló la muerte en la selva.
La Tierra Nueva esconde en su terreno alto a los sucesores del poder, a costa de esclavizar a sus hermanos.
Estas maldiciones (porque eso son) jamás se invirtieron en los últimos años de la humanidad.
Durante el siglo pasado, el arqueólogo húngaro Grégor Asiz creyó encontrar en su país el santuario en el que las etnias de la actual Europa se dividieron las obras del mundo. Se hizo de un nombre al reconocer las hebras finas de un lienzo grueso, inapelable.
Algunos escépticos afirman que es improbable encontrar los pasos (no se hable ya de las caras) de una sesión tan remota. Culpan a Asiz de crear sus hallazgos, como un artesano.
Hasta hoy, cuando se recuerda al único déspota austriaco, basta esperar unos momentos, para imaginar reproducido a ese primer Alfa. Como todo, cayó, y el tiempo se encargará de que sea olvidado de nuevo.
Comentarios
Publicar un comentario