Prólogo
Caminé poco antes de imaginar los barunes. Llegaron como segundos que se resisten a la nada, y algunos de mis ratos se encargaron de acomodarlos en prosa. Mi sangre, además, le es fiel a este ejercicio en el que me invento palabras.
He gastado mis noches sin descifrar por completo el alma de ese idioma interior. Se revela de a poco sólo cuando toco papel. Hasta ahora, sé que su alfabeto termina sin la “k”, por desastrosa; sin la doble erre, por exagerada; sin la “ch”, por tener un sonido tan íntimo que, como la idea del tiempo, incomoda a quien sueña.
Como si fuesen arte, descubro a “ensevernaún”, “olgunte” o “hibla”. Salen de un foso cubiertas de humo, todas con su tipografía irrepetible.
Mi pecho late con cada una de ellas, se entiende. Me dice que pronto habré articulado un conducto. Un medio.
No he hablado todavía con la Real Academia Española acerca de esto. Tan sólo incluir la palabra “barún” (el nombre de cada uno de mis relatos) en el español, sería imposible hoy.
Ya me he visto en esa reunión terrible. Al huir, tras un inevitable “no”, dejaría intacta esa habitación, como quien se deja caer al mar eterno del vivir y morir: con un “gracias y buenas noches”.
Supongo que harían falta siglos de historia para saber si “barún”, y sus hermanas, alcanzarán la fama (el poder) de un libro.
Da igual. Mestizaré nuestro lenguaje sólo si debo hacerlo. Mientras tanto, te comparto estos barunes.
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